restauración conservación del patrimonio

Criterios de restauración

Orientaciones para el uso del criterio en la restauración.

Una de las cosas que más perjudican a la práctica de la restauración arquitectónica es, posiblemente, la mala aplicación del término criterio. Vayamos al diccionario de la Academia. “Criterio: Norma para conocer la verdad. / Juicio o discernimiento.”

El criterio, enfocado a la restauración de arquitectura, reúne –o debería reunir- las dos acepciones de la palabra. En efecto, el que la afronte tendrá, primero, que profundizar lo más posible en el conocimiento de aquello sobre lo que va a trabajar y, sólo después, deberá discernir la opción que juzgue más adecuada. Ese es el auténtico uso del criterio, ya se aplique a la restauración o a cualquier otro campo.

Sin embargo, cuando oímos hablar de criterios de restauración hay que entender que a lo que se hace referencia, muchas veces, es a opiniones o incluso gustos sobre restauración. A cualquier opción producida por un impulso arbitrario se la escuda enseguida tras el parapeto intocable del criterio.

Si la restauración de arquitectura viene siendo con frecuencia, por desgracia, una excusa para la invención, hay también abundantes ejemplos en los que se aborda esta disciplina con rigor, conocimiento y tiempo para la reflexión; esto es, con criterio. El criterio entendido no como opción personal o ligada a determinada escuela, sino como sistema de investigación y deducción.

Muchas veces se ha intentado fijar normas para la restauración de la arquitectura. A ello se han dedicado las sucesivas Cartas de Restauración.

Pero ni siquiera esas Cartas, siendo el fruto de infinitas y profundas reflexiones y discusiones, resultan inapelables. La restauración no admite ciertas leyes generales, pues suele responder más a lo particular que a lo genérico; además, basta leer las propias Cartas para comprobar que las normas por ellas dictadas han resultado a veces ser, con la práctica, erróneas.

Salvar Patrimonio no pretende, en este apartado, dictar un completo sistema de normas para la restauración. Lo que el lector podrá encontrar aquí, en una relación que irá aumentando con el tiempo (se cuenta con las aportaciones de los lectores), es una serie de sugerencias, inspiradas por la observación y la experiencia.

I. Es imprescindible que comprendamos la restauración como un medio de investigación y de conocimiento. Para ello, llegaremos a la obra con la máxima información previa posible; así mismo, a lo largo de la intervención documentaremos cada paso que demos, con el fin de aumentar los datos sobre el edificio y poderlos brindar luego a futuras investigaciones.

II. Sería deseable que un proyecto de restauración no pudiera cerrarse hasta después de llevar a cabo una detallada prospección sobre el terreno. Hay que empezar a exigir que el presupuesto de una restauración comprenda la colocación de andamios, desde los cuales sea posible analizar previamente el estado de zonas de difícil acceso cuyo conocimiento es clave para las decisiones que deban adoptarse en el proyecto.

III. Nunca debe afrontarse una restauración con prejuicios hacia algún estilo. Además de falsificar la historia del edificio con un innecesario purismo, quitar añadidos posteriores (por ejemplo, eliminar anexos barrocos en un templo medieval) puede resultar peligroso, pues esos añadidos, aunque los veamos sólo en su dimensión estética, se hicieron muchas veces para solucionar problemas estructurales o funcionales que podemos reencontrar si los eliminamos.

IV. Si imitamos un elemento, debemos hacerlo con materiales de calidad. Por ejemplo, los estucos o enlucidos que imitan piedra tienen valor por sí mismos; por el contrario, jamás tendrán valor propio unas vigas de madera enchapadas o reproducidas en materiales plásticos, así como debe rechazarse el uso de piedra artificial de poliéster para piezas obtenidas por moldes. El fin no es crear una escenografía falsificada: si no tenemos medios para utilizar los sistemas antiguos, resulta más honrado acudir a métodos compatibles, pero más sencillos.

V. Deben respetarse siempre las características y el funcionamiento de los materiales. No puede sellarse, por ejemplo, un material poroso. Al respecto, conviene no confundir materiales tradicionales e industriales que podrían parecer equivalentes: es frecuente ver puertas de madera degradadas por la sustitución de la protección original por el dañino –para exteriores- barniz industrial.

VI. Al igual que con los materiales, no debe variarse el funcionamiento de los sistemas constructivos. En la mezquita de Córdoba se hicieron hace tiempo grandes vigas de hormigón sobre algunas de las arquerías; eso provocó que una estructura arqueada se transformase en adintelada, y que pasase de ser dinámica a rígida. En un caso más modesto y frecuente, es una grave equivocación verter mallazo y hormigón sobre forjados antiguos de madera; aparte de añadir peso innecesariamente, la rigidez del nuevo aporte supondrá un estorbo para la flexibilidad que necesita el edificio; en el caso de hacerlo sobre la tablazón de las cubiertas, lo que se hará, además, es contribuir a la condensación en ellas de la humedad.

VII. Es siempre mejor reparar que sustituir. La mayoría de los materiales tradicionales admiten reparaciones (en el caso de la madera, contamos con la excelente aportación de las modernas colas industriales) que hacen innecesaria su sustitución. En realidad, el secreto de la pervivencia de muchos edificios históricos es, además de su solidez, la continua labor de reparación y sustitución de una parte de sus elementos; esto es, la normal labor de mantenimiento que, al ser abandonada, fuerza la solución traumática que supone toda restauración.

VIII. Antes de intervenir sobre un edificio, debemos comprenderlo perfectamente. No basta con conocer su forma: es obligado saber su funcionalidad, las razones de su forma. Si no atendemos a que la arquitectura ha sido siempre un arte funcional, podremos caer en errores como eliminar las cubiertas de teja de los castillos, como en Ampudia o en Sigüenza, o cometer atrocidades como la eliminación de coros, retablos y rejas en infinidad de catedrales (Oviedo, Pamplona, Granada...).

IX. Debe rechazarse el fachadismo, la reducción de un elemento de arquitectura a un frente escenográfico hacia la calle. Con una excepción: la voluntad de respetar el entorno urbano en una obra de nueva planta. Si levantamos un nuevo edificio en un enclave histórico, podremos utilizar sistemas tradicionales; si no es así, de no tratarse de un proyecto singular, lo más apropiado será seguramente la discreción, configurando una fachada que pase desapercibida y se amolde realmente a las propiedades de composición, tamaño, textura y color del entorno, pues lo importante no es nuestra fachada, sino la imagen armónica del conjunto.

X. Debemos ser prudentes a la hora de diferenciar nuestra aportación –si es que ésta ha sido necesaria- respecto a la parte antigua del edificio. Esta obligada diferenciación sirve de coartada a algunos para formalizar soluciones que alimenten su vanidad; sin embargo, es posible (como logró Torres Balbás en la Alhambra) distinguir lo nuevo de lo viejo sin estridencias, sin dañar la imagen general y confiando en la perspicacia del espectador.

Dentro de Salvar Patrimonio