Dotadas de una potencia siete mil veces mayor que la de la bomba lanzada sobre Hiroshima, esas explosiones tuvieron hondas repercusiones en la geología y el medio ambiente de Bikini, así como en la salud de las poblaciones sujetas a las radiaciones atómicas.
Pese a su imagen de pacífico paraíso terrenal, el atolón de Bikini es paradójicamente el símbolo de la era de las armas atómicas.
Las bombas de Bikini confirmaron la entrada de la humanidad en la llamada Era Nuclear. Los vestigios militares del atolón testimonian los inicios de la “guerra fría” y el curso acelerado de las armas de destrucción masiva, que dieron inicio a un “equilibrio del terror”.
Pobladas desde el milenio IV a.C., estas islas micronésicas recibieron los primeros contactos con Europa a partir del siglo XVI, y tuvieron gran importancia como campo de lucha entre Japón y EE.UU. –II Guerra Mundial- por el control del Pacífico.
En 1967, las autoridades norteamericanas examinaron la posibilidad de reintroducción del hombre, lo que se hizo efectivo en 1979, con un programa de desarrollo agrícola. Pero en 1978 se desmontó la población por la evidencia de la radiactividad nuclear en los habitantes, recibida sobre todo a través de los alimentos y el agua.


