Y eso que van perfeccionándose: recordando las tablas atornilladas que en muchos pueblos intentan imitar a los verdaderos entramados, las nuevas casas de la Salamanca que mira al río resultan ser una superchería más elaborada, confeccionada al menos a la medida de la velocidad panorámica de un “tour operator”. Si, por el contrario, el viajero tiene por costumbre deleitarse en los detalles, no tardará en descubrir falsos canes y aleros, molduras de piedra falsa, falsos enfoscados de cemento pintado. Todo ello preparado para una despiadada degradación de los materiales que no tardará en evidenciar —incluso para el turista veloz— la naturaleza mentirosa de esas casas que, nada menos, constituyen la fachada, la primera línea visible de la panorámica más bella y conocida de Salamanca.
Antes, las casas llegaban casi hasta el río y el puente. Queda como testimonio del antiguo barrio —desaparecido hace bastantes años— la iglesia de Santiago, la cual, tras una abusiva reconstrucción, sólo puede encuadrarse ya en el estilo neomudéjar. Pero al menos Salamanca tenía allí el privilegio que supone un trozo de rumoroso paisaje, la franja de alamedas, hierba y agua que hacen que una ciudad no olvide sus lazos con la tierra que la sustenta, y que, antes de que los actuales medios de locomoción nos lanzasen hacia lejanos lugares, era en el buen tiempo el lugar de recreo y vacación de los ciudadanos.
Pero los chopos, los juncos y el agua caprichosa no entran en el moderno diseño urbano. Las cosas sencillas molestan a los gestores de las ciudades, así que han tenido que complicarlas con una serie de pérgolas, plazas duras y escalinatas para que la peor ciudad venza un trozo del mejor paisaje. Un daño llama a otro, y los modernos amueblamientos están ya cubiertos de grafitis, con lo cual está plenamente conseguida la imagen de suburbio neoyorquino —puede que esa fuese la intención de nuestros avanzados diseñadores— para una ribera que ha dejado de serlo. Eso sí, las múltiples roturas y desprendimientos de lo recién hecho, lo que Antonio Muñoz Molina denominó “proyectos en ruinas”, pueden al menos inspirar alguna productiva reflexión al estar situados al lado del indestructible puente romano.
Casos como este de Salamanca tienen que llevarnos a definirnos de una vez, a expresar claramente si apoyamos la invasión que algunos llaman “ordenación”, y si nuestra intención cuando visitamos una ciudad es aprender algo o, simplemente, rellenar un nuevo álbum de fotos.



