restauración conservación del patrimonio

Termas romanas de los Bañales, Uncastillo (Zaragoza)

Entre los tipos de trabajo acometidos por la restauración arquitectónica, hay uno en el cual es posible advertir, quizá como en ningún otro, una mayor disparidad de criterios y soluciones

Texto y fotos: Miguel Sobrino González

Se trata de aquel que atañe a los modos de afrontar la conservación de las ruinas antiguas.

La voluntad de mantener y respetar los monumentos del pasado es casi tan antigua como los propios monumentos. En las postrimerías del Imperio Occidental, a principios del siglo VI, Teodorico se preocupaba, al tiempo que promovía obras de nueva planta “que armonizasen con lo antiguo”, de auspiciar restauraciones de edificios de la Roma clásica. Esta actitud positivamente conservadora, sin embargo, no ha sido precisamente la más generalizada.

Lo habitual es que un inmueble de la Antigüedad que haya llegado a nuestros días lo deba, aparte de a su fortaleza y calidad estructurales, a haber sido reaprovechado para nuevos usos. A ello debemos, por ejemplo, lo que resta del teatro Marcelo, así como el anfiteatro de Arlés o el llamado templo de Diana, en Mérida.

Por el contrario, el edificio que no se adaptaba a nuevos usos pasaba a servir de cantera para nuevas construcciones. Algunos bloques tuvieron la fortuna de caer en manos de escultores —Miguel Ángel talló su Piedad de Palestrina reciclando un trozo de cornisa romana—, pero para otros no hubo la oportunidad de una segunda vida: aún escalofría pensar en los prodigios marmóreos de la acrópolis de Atenas, metódicamente machacados para fabricar cal con la que blanquear las chozas de los turcos que la ocupaban. Sobre esto último, al menos nos cabe el honroso consuelo de que fuese un rey hispánico, Pedro IV de Aragón, quien en el siglo XIV elogiase el “castillo” de Atenas como la mayor maravilla existente en la Tierra, superior a todo cuanto rey cristiano pudiese realizar.

Pero en la época de Pedro IV el Ceremonioso, los templos de la acrópolis ateniense aún se mantenían en pie. La posterior afición renacentista por la Antigüedad se tradujo, en lo que respecta a la conservación de su legado físico, en poco más que la transcripción de las inscripciones y lápidas y el mercadeo con estatuas repristinadas, cuando no falsificadas. Después de que el papa quinientista Sixto V arrasase, precediendo en ello a Mussolini, infinidad de restos de la antigua Roma, habría que esperar todavía para llegar a un nuevo sentimiento: el de valorar la ruina como tal, sin necesidad de rehacerla ni de reconvertirla a una nueva función.

Al descubrirse el valor intrínseco de la ruina, devino el consecuente problema de la preservación. Aun contando con la solidez, con la “fuerte musculatura” de los edificios de la Antigüedad, una ruina no deja de ser una edificación despojada y, por lo tanto, debilitada. A ello se une el que las ruinas suelen comprender elementos más delicados que los propios muros de fábrica: molduraciones, estucos, restos de pintura, mosaicos.

Desechada por la moderna concepción del patrimonio artístico la reconstrucción del edificio antiguo, aparece el dilema de dar solución a la continuidad en el tiempo de esa ruina, evitando una progresiva degradación. Hay que recordar en primer lugar una idea que aflora de cuando en cuando, la iluminada propuesta de cubrir con burbujas de cristal los más valiosos restos del pasado. Esta propuesta visionaria y absurda llegó a realizarse con cierta soltura y propiedad en el Ara Pacis de Augusto; pero en sí supone un descabellado propósito de desligar del tiempo a los edificios, paradoja irresoluble pues el tiempo y la memoria que portan son algunas de las propiedades que les atribuimos, y que nos empujan a preservarlos.

Para la necesaria protección, la medida más extendida y lógica viene siendo la cubrición de las ruinas con una estructura claramente diferenciada. Esto es lo que hemos visto en Quintanilla de la Cueza, donde un hangar semiindustrial acoge los restos de una espléndida villa romana. Lo malo es que esta opción, con cierto aire de provisionalidad, antiestética pero económica y honrada, apropiada sobre todo para yacimientos que han perdido los alzados, ha venido siendo interpretada últimamente en términos diferentes. El sencillo hangar ha dado paso ahora a complicados y costosos ejercicios de diseño, como los ejecutados para cubrir la emeritense Casa del Mitreo o los restos colindantes a San Francisco de Astorga, produciéndose una indeseable competencia entre la obra antigua y la que, moderna, pretende estar a su servicio. Por no hablar ahora de cierto teatro levantino, la muestra de esto la tenemos en la parafernalia montada en la Plaza de la Seo de Zaragoza, concebida para facilitar la visita a los foros de Cesaraugusta pero que, por su aspecto, quizá no consiga más que desanimar al visitante.

Sirva lo anterior para destacar aún más las bondades de la intervención efectuada en las termas romanas de Los Bañales. Este edificio, perteneciente a un importante núcleo urbano todavía sin identificar, pervivió gracias, precisamente, a su reaprovechamiento: como casa habitada lo describió, en el siglo XVII, el portugués Juan Bautista Labaña, autor de un “Mapa del Reino de Aragón.” Habiéndose perdido esta función residencial, el estado en el que estos baños romanos llegaron a nosotros era el de ruina avanzada, habiéndose ya desplomado uno de los muros de sillares de la única estancia conservada en alzado, el antiguo apodyterium —vestuario— de las termas.

La restauración acometió, en primer lugar, la reposición del muro derrumbado, remontado mediante una cuidadosa anastilosis para la que apenas fue necesaria la ejecución de nuevas piezas. Una vez recuperado todo lo posible del edificio, quedaba por resolver el dilema mayor en estos casos: la forma de solucionar la cubrición. Es aquí donde mejor podremos apreciar el talento y la sensibilidad del arquitecto que dirigió las obras.

La incuestionable belleza del edificio romano en su relación actual con el entorno se hubiese perdido de adoptarse una protección de corte industrial; para evitarlo, el volumen edificado se completó con una ligera estructura de madera con tejado cerámico, rematando lo antiguo de una forma atractiva y sencilla, sin la más remota posibilidad de confusión, de modo fácilmente reversible y, lo que es muy importante, devolviendo el efecto de sombra, de espacio interior cubierto, a la estancia termal recuperada. Colocando la nueva cubierta sobre la vieja estructura se remarcó, además, la dignidad de la construcción romana, como un anciano dichoso por verse con trabajos y responsabilidades, en vez de arropado, y en cierto modo humillado, por una ingrata y paternalista hiperprotección.

La sola presencia de un edificio romano, o de sus restos, suele elevar la calidad de una ciudad o de un paisaje. Entre Uncastillo y Sádaba podemos pasear por el campo encontrando testimonios de una civilización que nos ha legado edificios preparados para perpetuar su presencia en la Tierra, más aún si, en sus momentos de crisis, reciben ayudas tan respetuosas y afortunadas como la llevada a cabo en las antiguas termas de Los Bañales.

Ficha técnica: arquitecto, Antonio Almagro Gorbea.

Dentro de Crónicas
Exterior de las termas. M. Sobrino-guiarte. Copyright

Aspecto de las termas desde la parte más arruinada. M. Sobrino-guiarte. Copyright

Detalle de la nueva solución de cubierta. M. Sobrino-guiarte. Copyright

Antigua entrada al conjunto. M. Sobrino-guiarte. Copyright