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Las residencias de Isabel la Católica en Segovia

En el mes de octubre de 2002 tuvo lugar en Ávila un encuentro de historiadores y estudiosos del Arte, para pasar revista al panorama de la arquitectura y las diferentes artes, durante el reinado de los Reyes Católicos.

José Miguel Merino de Cáceres, Profesor de Historia de la Arquitectura. Universidad Politécnica de Madrid

Organizado por la Fundación Cultural Santa Teresa, de la Diputación de Ávila, y el Instituto de Arquitectura Juan de Herrera, de la Escuela de Arquitectura de Madrid, constituyó un adelanto de los actos que se están programando para la conmemoración del V Centenario del fallecimiento de la Reina.

El Congreso, presidido por don Fernando Chueca Goitia y bajo la dirección de Pedro Navascués, contó entre los ponentes con nutrida participación segoviana, compuesta por tres miembros de la Academia de San Quirce: Antonio Ruiz Hernando, quien habló del tema de la arquitectura conventual, Carlos Muñoz de Pablos, sobre la vidriera en torno a 1500, y quien esto suscribe, que trató sobre los palacios y alcázares en la época isabelina.

Segovia, que conserva dentro de su importante patrimonio arquitectónico, un conjunto de edificios civiles de aquella época, de primer orden, puede además enorgullecerse de contar con la que fue la más emblemática de las residencias de la corona. Me refiero a nuestro simbólico Alcázar, la más antigua de las moradas reales de la Corona de Castilla, remontándose la tal condición a los primeros años del reino de Castilla, en unos momentos en los que los monarcas carecían de otras residencias que las que les prestaba la nobleza y los modestos aposentos habilitados en los monasterios; más tarde, en tiempos de los Reyes Católicos, vendría a ser considerado como el “buque insignia” del ya entonces numeroso conjunto de residencias reales del matrimonio que, a la sazón, sumaba la nada despreciable cifra de 65, en ambos reinos. El 21 de marzo de 1502 lo visita Antonio de Lalaing, Señor de Montigny, en compañía del Archiduque Felipe de Borgoña, calificándolo de la siguiente manera: “ung chasteau-fort, la clef du pays”.

Los príncipes Isabel y Fernando contraen matrimonio en Valladolid, el 18 de octubre de 1469, la ciudad que, de alguna manera, era entonces considerada la capital del reino de Castilla, cuando la Corte se va haciendo cada vez menos itinerante: Valladolid posee Universidad, Iglesia Colegial, numerosos conventos, es sede de la Real Chancillería y residencia del Obispo de Palencia. Sin embargo no posee ningún palacio real y los monarcas se ven obligados a hospedarse en los de la nobleza. En uno de ellos, el de los Vizcondes de Altamira, título luego tan íntimamente vinculado a la ciudad de Segovia, es donde se desposan los que luego serían conocidos como Reyes Católicos.

Similar situación presentaba Burgos, cabeza de Castilla, sin contar con palacio real desde que Fernando III cediera sus casas para la construcción de la catedral gótica, que vino a sustituir la románica, modesta y oscura, donde en 1219 había contraído matrimonio con Beatriz de Suavia. Así, durante sus estancias en esta ciudad, los Reyes Católicos se alojan en los aposentos reales labrados por Alfonso VIII en el Monasterio cisterciense de Las Huelgas y, más frecuentemente, en el palacio de los Condestables, la más conocida como Casa del Cordón, hoy desdichadamente desvirtuada por absurdas reformas; allí, donde contrajo matrimonio el príncipe don Juan con Margarita de Austria, en 1497, y donde en 1515 se firmarían los documentos de incorporación del Reino de Navarra a la Corona de Castilla.

Otro tanto ocurriría con Salamanca y en las escasas estancias de los monarcas allí, se alojan en la Casa de las Conchas. En Salamanca fallecería en 1497 el príncipe heredero Don Juan, frustrando las expectativas sucesorias y la consolidación de la unión dinástica de Castilla y Aragón. Tras este triste suceso, la Reina no quiso regresar jamás a la ciudad del Tormes.

La infanta Isabel había nacido en Madrigal de las Altas Torres, en los palacios de su padre don Juan II, hoy ocupados por la comunidad de monjas agustinas, pasando la mayor parte de su infancia allí y luego en Arévalo, en las también casas reales de Juan II (hoy lamentablemente desaparecidos para dar paso a un bloque de viviendas), allí donde el 15 de agosto de 1495 fallecería su madre, doña Isabel de Portugal, tras haber residido en ellas “casi veinte años a solas con su locura”.

La primera estancia de la Infanta en Segovia se registra en 1467, coincidiendo con la revuelta provocada por su hermano el Príncipe Don Alfonso y el marqués de Villena, alojándose con sus damas en el Palacio Real de San Martín, mientras que la Reina Doña Juana de Portugal lo hacía en la fortaleza, en ausencia del Rey que estaba en Coca. En 1471, siendo alcaide del Alcázar Andrés de Cabrera, casado con Beatriz de Bobadilla, dama de Doña Isabel, el 29 de diciembre se celebra en el Alcázar la conocida entrevista entre el monarca y la princesa, alojándose esta en la fortaleza en tanto que don Enrique lo hacía en el Palacio Real. Luego, el 31 del mismo, después de haber comido, el Rey “la levó por la çibdad porque todo el pueblo la viese, e la levaba por la rienda”. Al día siguiente entró en la ciudad el Príncipe Don Fernando de Aragón, celebrándose el día de Reyes una gran fiesta organizada por Andrés de Cabrera en honor del Monarca y de los futuros Reyes Católicos, en las Casas del Obispo, que estaban contiguas a la antigua catedral románica de Santa María. Tras aquella, el Rey se retiró a sus Palacios Reales, en tanto que los Príncipes regresaron a la Fortaleza.

En la noche del 11 al 12 de diciembre de 1474, fallece en los Alcázares de Madrid el Rey Enrique IV, siéndole de inmediato llevada la noticia a su hermana la Princesa que se encontraba en el Alcázar de Segovia, esperando acontecimientos. De allí sale el día 13 para ser proclamada reina de Castilla a las puertas de la iglesia de San Miguel “con alzamiento de pendones”. Después pasó a Palacio, para recibir el homenaje de los grandes y prelados, besamanos que tuvo lugar en una gran sala y que luego habría de repetirse en días posteriores según iban llegando desde las distintas ciudades del Reino. El 2 de enero del siguiente entra Don Fernando en la Ciudad, recibiendo en la puerta de San Martín el homenaje debido a los Reyes de Castilla, pasando luego a los Palacios Reales a reunirse con su esposa y recibir en el salón principal el juramento de sus súbditos. El 15 de enero, en el mismo palacio mayor de las Casas Reales de San Martín, se firmaba el “Acuerdo para la Gobernación del Reino”, más conocido por el nombre de “Concordia de Segovia”, que fijaba el reparto de las atribuciones de gobierno a Fernando e Isabel en sus respectivos territorios. Y aquí y entonces se acuñó la leyenda de “Tanto Monta”, mote heráldico usado a partir de entonces por los Monarcas. Permanecerían los Reyes en este palacio hasta el 22 de febrero.

La siguiente estancia documentada de la Reina en nuestra ciudad y en este su palacio, fue el 4 de agosto de 1476, con motivo de los graves disturbios que se produjeron en el Alcázar en los que fue víctima inocente la Princesa Isabel, primogénita de los Reyes. Permaneció la Reina en los Palacios de San Martín hasta el 23 de septiembre de aquel año, no regresando a nuestra ciudad hasta diez años más tarde, en marzo de 1486, alojándose entonces en el Alcázar, que pasa a ser preferido para sus estancias en la ciudad.

Sin embargo, todavía en su estancia en Segovia entre el 6 de julio y el 13 de septiembre, los Reyes se alojan en el Palacio Real de San Martín. Entre el 10 de agosto y el 26 de noviembre de 1503, reside de nuevo la soberana en nuestra ciudad, buscando reposo para su delicado estado de salud. Posa entonces en el Alcázar y luego en el Aposentamiento Regio del Monasterio de El Parral, para luego pasar la mayor parte de la estancia en el Aposento Regio del Convento de Santa Cruz. Luego ya no volvería más por nuestra ciudad. El Aposento Real de El Parral fue destruido por un incendio en 1565, cuando ocupaba sus habitaciones el Nuncio Juan Baptista Cattaneo, el futuro Papa Urbano VII.

Entre el 8 de mayo y el 17 de octubre de 1505 reside Don Fernando en nuestra ciudad, ocupándose de la testamentaría de su difunta esposa; habita en sus aposentos regios de Santa Cruz y luego en el Alcázar, donde recibe a Cristóbal Colón, no queriendo utilizar el Palacio Real de San Martín porque le llena de tristeza el recuerdo de los gratos momentos allí pasados, años atrás, con Doña Isabel. Luego no vendría hasta 1514, entre el 22 de mayo y el 17 de julio, ya enfermo, y por último entre el 25 de agosto y el 15 de septiembre del año siguiente, posando entonces en el palacio de Santa Cruz la Real, según cuenta el cronista de los Reyes Católicos Galíndez de Carvajal.

Vemos pues la figura de la Reina Católica fuertemente ligada a nuestra ciudad, algo suficientemente conocido y que no pretendo descubrir a nadie con este escrito. Sí quiero, sin embargo, llamar la atención sobre el hecho de que, en la mayor parte de las estancias de la Reina en nuestra ciudad, ocupó su Palacio Real de San Martín, que antes había sido de su hermanastro el Rey Don Enrique, quien hizo de él su residencia favorita, incluso por encima del Alcázar y de la quinta del Campillo, hoy convento de clarisas de San Antonio el Real. Según apunta Rafael Domínguez Casas “prefirió Enrique IV labrarse un pequeño Palacio civil en el centro de la población, quizás para librarse de la aplastante grandeza de los salones del Alcázar y acercarse al ambiente burgués de unos vecinos que nunca le abandonaron en los momentos difíciles”.

Y Segovia tiene la suerte, que no tiene ninguna otra ciudad castellana, de conservar aún un palacio real, éste de San Martín, que fue residencia de varios monarcas y escenario de hechos transcendentales en la historia de España.

En otras varias ocasiones me he referido a este palacio, o más bien a lo poco que de él queda, tanto desde estas páginas como desde otros medios, clamando por su salvamento, habida cuenta del deplorable estado de conservación en que se encuentra. He intercedido por su suerte ante políticos de toda índole y pelaje, he hecho llamamientos desde la Academia de San Quirce y desde la de San Fernando de Madrid, he hecho llamamientos en prensa y radio, pero el resultado ha sido de total fracaso. En el Ayuntamiento me dicen que, a pesar de su buena disposición y de contar con presupuesto, nada pueden hacer a la vista de la situación jurídica actual del inmueble, y en la Junta de Castilla y León nada dicen y nada hacen. El palacio se nos cae a pedazos, día a día, lastimosamente, ante la total indiferencia de los responsables de su protección y salvamento; seguramente no son capaces de entender el valor histórico y artístico que encierran esos ruinosos paredones fronteros a la Delegación Territorial de la Junta. Y aquí sí que no valen pretextos de tipo jurídico, pues con la Ley del Patrimonio en la mano y una buena dosis de voluntad, se puede intervenir; es un problema de interés, o quizás más bien de sensibilidad.

Según leemos en la prensa, en diversas ciudades españolas se preparan actos diversos para conmemorar la efemérides de la muerte de la Reina Católica, sin que se haga mención en absoluto de la participación de Segovia. Es cierto que Isabel no ha tenido excesiva buena prensa en nuestra ciudad y que incluso ha sido con frecuencia menospreciada por algunos nostálgicos partidarios de Enrique y de la presunta bastarda Juana. Creo, en todo caso, que por encima de provincianos rencores ante lo que se ha valorado como ingratitud de la Reina, la figura de Doña Isabel es de una extraordinaria dimensión y Segovia no debería dejar pasar la ocasión de reivindicar su principalísimo papel en su proclamación como Reina de Castilla. Comenzando por salvar el palacio más significativo de su reinado.

En el libro de firmas del Mesón de Cándido, monumental archivo de los ilustres visitantes de nuestra ciudad, se conserva una dedicatoria de Neil Amstrong, el primer hombre que pisó la Luna, que, creo recordar, dice así: SIN SEGOVIA, NO ISABEL; SIN ISABEL, NO AMÉRICA; SIN AMÉRICA, NO MOON.

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